Cultura sidrera de Asturias:
descubriendo un nuevo Patrimonio UNESCO

Llegó desde Copenhague buscando sidra. No sabía todavía hasta qué punto ese líquido verde era, más que bebida, arquitectura emocional de un territorio. Y lo más curioso: desconocía que la sidra asturiana había recibido la declaración de Patrimonio Inmaterial de la Humanidad a finales de 2024. Lo descubrió aquí. En Asturias. En territorio sidrero. Conmigo.

Comenzamos en Nava, en el Museo de la Sidra. Juan y su equipo nos abrieron la puerta a un mundo que arranca en la pumarada y termina en el vaso. Recolección, lavado, selección. El llagar como templo agrícola. 76 variedades de manzana autóctona. La sidra como sistema cultural. No como souvenir.

Con Delmi, del museo, fuimos a dos llagares del pueblo: Sidra Roza y Sidra Viuda de Corsino. Familias que hacen país fermentando fruta. Entre toneles de castaño, acero inoxidable y fibra, Mads preguntó si el material podía cambiar el sabor. En ese instante supe que ya no estaba mirando: estaba comprendiendo. Y percibió también esa atmósfera tibia que en Asturias asociamos a la espicha (el encuentro social en torno al llagar, donde la sidra es excusa y vínculo).

Al mediodía comimos tortos y merluza a la sidra en Sidrería Plaza. Después nos llevó el destino a La Naveta, en el centro de Nava: sidras espumosas en 330 cl, casi como cerveza de botellín pero con alma de manzana, y Roxmut (ese vermut que no se puede llamar vermut), Compuesta de Sidra. María Emilia nos atendió con calidez y cosmopolitismo inesperado para un pueblo pequeño.

Terminamos el día en el Hotel Artiem Asturias*****. Cena asturiana y sidramisú. Elegancia rural y conversación lenta. La sidra, de pronto, dejó de ser tema del reportaje para convertirse en marco del mundo. “Esta sidra no es un producto… es un sistema cultural”, escribió Mads esa noche.

El día siguiente empezó distinto. Antes de volver a Nava decidí detenernos en La Laboral, Ciudad de la Cultura. La mole del siglo XX. Tres veces El Escorial. Arquitectura como relato de industrialización. Él quedó fascinado. Asturias siempre es más grande de lo que parece vista desde lejos.

El resto del día lo dedicamos a Viuda de Angelón. Miguel nos lo enseñó todo: herramientas antiguas, barriles, chigres, sidra de hielo. Técnica canadiense aplicada a la manzana asturiana. Luego fuimos a la pumarada: la fruta cayendo, el hombre que sacude, los demás recogiendo en el suelo. Amagüestu en estado embrionario. Comimos pastel de centollo y cachopo en Sidrería Dominganes, y por la tarde visitamos el llagar familiar más antiguo. Estaban mayando. Probamos el jugo recién prensado. Dulzura sideral. Viuda de Angelón produce más de un millón y medio de botellas anuales. Patrimonio vivo. Familia viva.

El tercer día nos llevó a Sidra El Gaitero. Para España, El Gaitero es a la Navidad lo que Coca-Cola es al espectáculo americano. Sonrisa automática. Y no solo tradición: historia industrial, planta declarada conjunto histórico, familia exportadora y pionera en la sidra achampanada. La necesidad del emigrante asturiano cruzando el océano originó una solución brillante: un método que permitía que la sidra sobreviviera al viaje ultramarino. Así nació un símbolo. Juan de Valdés Dunabeitia nos guió entre barriles gigantes de castaño, memorabilia y tecnología puntera. Pasado y futuro a la vez.

Antes del aeropuerto, un café en Villaviciosa. Sin tiempo para visita completa, pero con margen para contarle la importancia de esta villa: su historia marinera, su papel en la llegada de Carlos V a territorio español, y su vínculo profundo con el Cantábrico. Fue un cierre perfecto. Un broche histórico que devolvía la sidra a su contexto mayor: Asturias como territorio navegante.

Mads se fue con una certeza sencilla y luminosa: volvería.

Ese fue el cierre perfecto: la sidra como puente entre Asturias y el mundo.

Quisiera agradecer al Museo de la Sidra de Asturias, Sidra Roza, Sidra Viuda de Corsino, Sidrería Plaza, La Naveta, Sidra Viuda de Angelón, Sidrería Dominganes, Sidra El Gaitero, Hotel Artiem Asturias, a Erik, a Turismo Asturias, a Tyque, guías turísticos y a Mads Clausager, por su curiosidad sincera.

La sidra no es solo una bebida.
Es una forma de ser Asturias